—Que entre el fiscal Sande, dijo Muñoz después de cerrar los legajos con una especie de cólera.

El fiscal Sande entró.

—Cobardía, infamia, traición, eso es lo que saco en limpio de estos papeles. Las causas, enredadas con tantas declaraciones y alegatos, no acabarán nunca, y nosotros tenemos de acabarlas, señor fiscal, y tengan vuestra señoría y vosotros, señores oidores, mucho cuidado con vuestras cabezas.

Todos guardaron silencio, y el fiscal Sande se sentó y se puso á escribir.

—¿Qué escribís, Sande?—le preguntó Muñoz.

—Vuestra señoría tendrá la paciencia de esperar un cuarto de hora, y leerá, pues creo haber adivinado su intento.

Muñoz bajó la cabeza y quedó sumergido en una especie de somnolencia.

Cuando Sande acabó, presentó á Muñoz lo que había escrito.

Muñoz abrió su gran boca; sus ojos brillaron como los de una hiena en la noche.

—Se decreta, dijo Muñoz, la confiscación de bienes del marqués del Valle, de Don Martín su hermano, de Arias Sotelo, de Pacheco Bocanegra, de Nuño Chávez, de Luis Ponce de Leon, de Agustín de Soto Mayor, de Francisco Pacheco, de Hernando de Córdova, de Diego Rodríguez, de Hernando Bazán, de Antonio Carvajal y de Gómez de Cáceres. Todo estos quedarán reducidos á una estrecha prisión.