Don Martín volvió la vista y amenazó con una terrible mirada á Muñoz y al Obispo.

—Otro jarro de agua,—gritó Muñoz.

Con esfuerzo, porque Don Martín se ahogaba, le echaron el cuarto jarro de agua, lastimándole la boca que pretendía cerrar á pesar de tener una trabilla que se lo impedía.

—Confesad,—le dijeron los verdugos.

—He dicho la verdad en la causa, y nada tengo que añadir,—dijo el desgraciado.

—Otro jarro de agua,—gritó Muñoz.

—Puede morir, observó el verdugo.

—Otro jarro, otro jarro, y aunque muera,—replicó Muñoz.

Otro jarro fué administrado en efecto, pero el infeliz Don Martín moría, y con voz desfallecida exclamó: «Ya he dicho la verdad, y por el Sacratísimo nombre de Dios que se duelan de mí, que no diré más de aquí que me muera.»

El paciente cerró los ojos, y los verdugos, creyéndolo muerto, suspendieron el tormento y le condujeron en ese estado á su prisión. Algunos días después Don Martín fué condenado á destierro perpetuo de todas las Indias; y enfermo y maltratado, y lleno de despecho y de tristeza por el ultraje que había recibido, se embarcó para la Península, donde murió á poco tiempo á consecuencia de sus martirios y pesares.