Entre la alegre turba de jóvenes aventureros que llegaban de España á las ricas islas del mundo de Colón, se distinguía en el año de 1510 uno á quien sus compañeros daban el sobrenombre de el Comendador.
Contaría este mancebo cuando más veinticinco años de edad, y había nacido en Badajoz. Alto, esbelto, fornido, parecía destinado por su naturaleza á la guerra, y se hacía notable por la blancura de su cutis y por su hermosa cabellera, tan rubia como la que los poetas le atribuían al mismo Apolo.
Este joven se llamaba Pedro de Alvarado.
Al llegar Alvarado á la América, ostentaba orgullosamente un viejo sayo, único regalo quizá de un su tío, caballero de la Orden de Santiago.
Pero aquel sayo había servido mucho tiempo á aquel tío, y aquel tío había llevado en el mismo tiempo la insignia de la orden; cuando Pedro de Alvarado se hizo el propietario de la prenda, quitó de ella la cruz de Santiago, pero no consiguió borrar la señal del lugar que había ocupado, y la indeleble huella fué denunciando por todas partes la historia del sayo, y la categoría de su primer poseedor. Esto no era posible que escapara á las perspicaces miradas de los audaces aventureros que pasaban á las Indias, y para burlarse de Pedro y de su sayo, muy pronto convinieron en llamarle, y le llamaron por burla el Comendador.
Entre soldados ó estudiantes, los sobrenombres se popularizan inmediatamente, y ni la resignación ni el enojo son poderosos para hacerlos olvidar. Pedro de Alvarado tuvo que conformarse con el apodo, ofreciendo nada más que algún día llegaría por sus hechos á alcanzar verdaderamente aquella condecoración.
II
El Capitan
Los colonos de la Isla de Cuba estaban conmovidos con las noticias que circulaban entre ellos.
El gobernador Diego Velázquez había recibido nuevas de la expedición que por orden suya emprendió Juan de Grijalva en busca de nuevas tierras.
El portador de aquellas noticias, uno de los más famosos capitanes de la escuadrilla de Grijalva, era el que mandaba uno de los cuatro buques de que aquella se componía, y ese capitán, que volvió cargado de riquezas á presentarlas á Diego Velázquez, y que había dado ya su nombre á un río caudaloso en las tierras nuevamente descubiertas, no era otro que Pedro de Alvarado.