Santo, divino espectáculo el de un pueblo que lucha por su independencia: cada hombre es un héroe, cada corazón es un santuario, cada combate es una epopeya, cada patíbulo un apoteosis.
Aquella historia es un poema, necesita un Homero; todos los hombres de corazón pueden comprenderla, sólo los ángeles podrían cantarla.
La sangre de los mártires fecundiza la tierra; el que muere por su patria es un escogido de la humanidad, su memoria es un faro, perece como hombre y vive como ejemplo.
La grandeza de una causa se mide por el número de sus mártires; sólo las causas nobles, grandes, santas, tienen mártires; las demás sólo cuentan con sacrificios vulgares, sólo presentan uno de tantos modos de perder la existencia.
España luchaba, luchaba como lucha un pueblo que comprende sus derechos, como lucha un pueblo patriota.
Los hombres salían al combate, las mujeres y los ancianos y los niños fabricaban el parque y cultivaban los campos.
El ejército francés era numeroso, bien disciplinado, tenía magnífico armamento, soberbia artillería, abundantes trenes, y además brillantes tradiciones de gloria.
Y sin embargo, las guerrillas españolas atacaban y vencían, porque el patriotismo hace milagros.
Entonces comenzó á organizarse la insurrección, y se formaron en España las juntas provinciales.