Los poderes de la federación se dispersaban, dándose una cita para el interior del país. El Presidente de la República, al partir, había renovado su inquebrantable juramento de vencer ó morir. La lucha era á muerte, porque no cabía capitulación. Así lo había dicho este supremo magistrado el 21 de Marzo, al recibir las felicitaciones como día de su cumpleaños.

Abiertas quedaron las puertas de la capital que no podía resistir, y tomaron vida por casi todo el país los elementos de un nuevo orden de cosas que generalizó el proyecto de la monarquía mexicana.

En la dispersión de los poderes públicos, México quedaba sólo al abrigo de un ayuntamiento presidido por el Sr. D. Agustín del Río. Hombre de valor y de corazón generoso, inspirado por su ardiente amor á la patria, supo llenar cumplidamente sus deberes, lo mismo que la corporación que presidía. Merced á su actitud, la ciudad no sintió el enorme peso de la crisis. La historia consagrará algún día una honrosa página al Ayuntamiento de México y su digno Presidente.

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El 1.º de Junio, un repique en la Catedral anunciaba que se abría para la capital de la República Mexicana la primera página del libro de la intervención. ¡Pobres campanas! inanimados pregoneros que hablan al impulso del que los hiere, y lloran, gritan, pregonan y aplauden á nombre del pueblo. ¡Cuántas veces pregonan lo que debieran callar! ¡Cuántas veces aplauden lo que debieran condenar! El atronador repique con que se pretende á nombre del pueblo engañar al pueblo mismo, ha sido el medio más usual con que solemniza la alegría oficial lo que ha sido muchas veces el duelo de la Nación. Entonces, entre el ruido de la armonía del repique, hay siempre una voz que habla más alto: es la conciencia pública que condena el sacrificio de un pueblo.

La historia del período de la intervención, en sus detalles, no es del momento. Pocos renglones debe ocupar la narración sencilla de la muerte del infortunado Archiduque de Austria.

Preparado el terreno por la invasión francesa, perdida para muchos la esperanza de una restauración nacional; mientras la guerra de escisión entre los Estados Unidos no llegara á un término, fatigado el espíritu por la serie de incesantes revoluciones, el establecimiento, aunque pasajero, de una monarquía, era un suceso que la más corta previsión alcanzaba. El Imperio, para la Nación, sería un hecho; para los que lo deseaban, una gloriosa conquista; y su duración un problema para muchos, envuelto en el misterio del tiempo en que debieran realizarse los grandes sucesos de América.

El príncipe solicitado era Fernando Maximiliano, que residía en su palacio de Miramar. Allí fué donde los enviados del Emperador Napoleón hicieron despertar en su corazón ese sentimiento de gloria, por lo grande y desconocido á que tenía irresistible inclinación. Allí fué donde los augures del porvenir espléndido de una gran monarquía en el mundo de Colón, fundaban con la riqueza de una imaginación fecunda el trono de México. Allí las vacilaciones de un espíritu, que dominado por la idea de la gran política, estaba sin embargo preparado para todo lo que abría las puertas de ese futuro lleno de encantos por la pasión que se llama gloria. Allí ese consejo íntimo de familia, con su esposa la princesa María Carlota Amalia, que era su secretario, su amigo, su confidente, la compañera, sin duda, de proyectos, de pensamientos y de ensueños de un glorioso porvenir; y de allí partieron para esta tierra regada por muchos años con la sangre mexicana.

Más allá de la política, que glorifica á los hombres y apasiona á la multitud, hay algo en una minoría que, con la fe del que mira en lontananza los sucesos venideros, pronostica el porvenir como el apóstol de una idea; combate y lucha por ella hasta el heroísmo, y sostiene la verdad, desconocida para muchos, que parece el patriotismo especial de un círculo reducido de hombres.

Thiers y Julio Favre en Francia, Juárez, Zaragoza, Díaz y otros en México, vaticinaron el mal éxito de la aventura monárquica, y predijeron que la intervención sería para Napoleón III el camino seguro del abismo donde sepultara su trono.