Maximiliano, á la presencia de sus últimas horas, trajo á su corazón toda la fuerza de quien ha querido hacer de su vida por los peligros una existencia de gloria, y de su muerte por su valor, una historia toda de vida. Formó su testamento como soberano y como artista. Encargó que se escribiese la historia de su gobierno, y también que se acabasen trabajos de arte en Miramar; hizo obsequios como memoria de despedida, y puso cartas expresivas de gratitud á sus defensores. Habló de sus amigos, de sus adictos, y tributando un culto de adoración al porvenir que no le pertenecía, á ese futuro que no podía mirar, su conversación frecuente era la paz de la República, la unión de los mexicanos: bajo esta impresión escribió al Sr. Juárez la carta siguiente:

«Sr. D. Benito Juárez.—Querétaro, Junio 19 de 1867.—Próximo á recibir la muerte, á consecuencia de haber querido hacer la prueba de si nuevas instituciones políticas lograban poner término á la sangrienta guerra civil que ha destrozado desde hace tantos años este desgraciado país, perderé con gusto mi vida, si su sacrificio puede contribuir á la paz y prosperidad de mi nueva patria. Intimamente persuadido de que nada sólido puede fundarse sobre un terreno empapado de sangre y agitado por violentas conmociones, yo conjuro á Ud. de la manera más solemne y con la sinceridad propia de los momentos en que me hallo, para que mi sangre sea la última que se derrame, y para que la misma perseverancia que me complacía en reconocer y estimar en medio de la prosperidad con que ha defendido Ud. la causa que acaba de triunfar, la consagre á la más noble tarea de reconciliar los ánimos, y de fundar de una manera estable y duradera la paz y tranquilidad de este país infortunado.»

«Maximiliano.»

No satisfecho aún con esa carta, encargó al Sr. Lic. Vázquez, que al llegar el Presidente Juárez á Querétaro le hiciese luego una visita á su nombre, y le dijera que al morir Maximiliano no llevaba á la tumba resentimiento alguno.

El Sr. Vázquez cumplió el encargo, y el Presidente contestó manifestando toda la pena que había tenido en aplicar inflexible la ley por la paz de la República.

Estas palabras eran el resumen de lo que los defensores habíamos oído en San Luis, cuando perdida toda esperanza pedíamos aún economía de sangre, como prenda de reconciliación; y el Sr. Juárez decía:

«Al cumplir Uds. el encargo de defensores, han padecido mucho por la inflexibilidad del Gobierno. Hoy no pueden comprender la necesidad de ella, ni la justicia que la apoya. Al tiempo está reservado apreciarla. La ley y la sentencia son en el momento inexorables, porque así lo exije la salud pública. Ella también puede aconsejarnos la economía de sangre, y este será el mayor placer de mi vida.»

Estas fueron las últimas palabras que oímos en San Luis Potosí la noche del 18 de Junio, después de haber presentado tres exposiciones pidiendo el indulto, y de haber agotado en multitud de conferencias los recursos de nuestros sentimientos y de nuestro entendimiento.

En espera de algún incidente favorable á la vida de nuestro defendido, habíamos pedido una ampliación del término para la ejecución, que se difirió para el miércoles 19, y en ese período Maximiliano puso el siguiente despacho:

«Línea telegráfica del Centro.—Telegrama oficial.—Depositado en Querétaro.—Recibido en San Luis Potosí á la 1 hora 50 minutos de la tarde, el 18 de Junio de 1867.—C-. Benito Juárez.—Desearía se concediera conservar la vida á D. Miguel Miramón y D. Tomás Mejía, que anteayer sufrieron todas las torturas y amarguras de la muerte, y que como manifesté al ser hecho prisionero, yo fuera la única víctima.—Maximiliano.»