Al preguntar el cura Morales á Ocampo si se confesaba, contestó:
—Padre, estoy bien con Dios y Él está bien conmigo.
A las dos de la tarde, hora santa, vióse salir al señor Ocampo, jinete en un caballo mapano, entre filas, en camino á la última estación de su calvario, con la serenidad del justo.
Los curiosos advirtieron que jugaba suavemente el fuete en las crines, el cuello y la cabeza de su cabalgadura. A su paso frente á la casa de Márquez y Zuloaga, las ventanas estaban abiertas de par en par.
Recorrido el largo trayecto, del Mesón de las Palomas á Caltengo, hizo alto la tropa á solicitud del mártir, para agregar una cláusula á su testamento.
Bajo la inquisitiva mirada de sus guardianes, satisfizo su deseo en el portal, en una mesita de tapete verde, sentado en un taburete.
Estas prendas y el tintero, la marmajera y la pluma se conservan con veneración en el despacho y tienen la nota de pertenecientes á don Melchor Ocampo, en el inventario de la Hacienda.
No se oreaba aún la adición testamentaría, cuando emprendieron otra vez la marcha. A muy corta distancia, el comandante mandó hacer alto y dijo:
—Aquí.
Formó cuadro la tropa, y señaló á Ocampo su lugar. Firme é imperturbable lo ocupó, distribuyendo entre sus ejecutores algunas prendas. Al vendársele, habló: