Hidalgo no tiene más que esta descripción: Hidalgo era Hidalgo.
Nació para el mundo y para la historia la noche del 15 de Septiembre de 1810.
Pero en esa noche nació también un pueblo.
El hombre y el pueblo fueron gemelos: no más que el hombre debía dar su sangre para conservar la vida del pueblo.
Y entonces el pueblo no preguntó al anciano sacerdote: ¿Quién eres? ¿de dónde vienes? ¿cuál es tu raza?
—«Sígueme»—gritó Hidalgo.
—«Guía»—contestó el pueblo.
El porvenir era negro como las sombras de la noche en un abismo.
Encendióse la antorcha, y su rojiza luz reflejó sobre un mar de bayonetas, y sobre ese mar de bayonetas flotaban el pendón de España y el estandarte del Santo Oficio.
Del otro lado estaba la libertad.