Después pidió agua, que apenas tocó con los labios, y se vendó él mismo los ojos.
Se trató entonces de atarle los brazos; resistióse al principio, pero después se resignó con humildad.
Detúvose allí, caminó cosa de setenta ú ochenta pasos y llegó al lugar del suplicio, repartió el dinero que llevaba en los bolsillos entre los soldados, y entregó su reloj, un rosario y una carta para su familia al eclesiástico que le acompañaba.
En seguida, con firme acento habló á la tropa, rezó en voz alta algunas oraciones y besó fervorosamente un crucifijo.
En ese momento el jefe hizo la señal de fuego y se escuchó el ruido de la descarga.
Cuando se disipó el humo de la pólvora, D. Agustín de Iturbide no era ya más que un cadáver cubierto de sangre.
IV
Iturbide libertador de México, Iturbide emperador, Iturbide ídolo y adoración un día de los mexicanos, expiró en un patíbulo, y en medio del más desconsolador abandono.
Los partidos políticos se han pretendido culpar mútuamente de su muerte. Ninguno de ellos ha querido hasta ahora reportar esa inmensa responsabilidad.
En todo caso, y cualquiera que haya sido el partido que sacrificó á D. Agustín de Iturbide, yo no vacilaré en repetir que esa sangre derramada en Padilla, ha sido y es quizá una de las manchas más vergonzosas de la historia de México.