—«¿Y Luisa?
—«Nada sé—me contestó.
—«Agaché la cabeza, y seguí á los familiares que me llevaban.»
XIV.
En que el negro continúa su historia.
«LLEGAMOS á las cárceles del Santo Oficio, y allí nos separaron á los tres.
«Algunos dias trascurrieron sin que se ocuparan de mí; al fin me sacaron á dar mi declaracion.
«Preguntáronme si era esclavo y cristiano—y contesté—que sí.
«Despues me interrogaron—¿si sabia que mi amo en las noches azotaba un Crucifijo y le escupia el rostro, y si sabia que en una de las puertas de la tienda habia enterrado otro Crucifijo, y á los que entraban por esa puerta, y pasando sobre él, les daba los efectos mas baratos; y mas caros á los que penetraban por la otra?
«Nada de esto sabia yo, y debieron conocer mi inocencia en mi rostro, y mis respuestas, porque me dieron libre mandando que fuese yo vendido para ayudar con mi precio los gastos del proceso de mi amo; además, como todos sus bienes estaban confiscados, era la suerte que debia caberme.
«Caminaba yo conducido por dos empleados encargados de llevarme al lugar en que debia vendérseme, cuando al atrave sar la Plaza principal vimos venir hácia nosotros dos mulas desvocadas que arrastraban una carroza: el cochero debia de haber caido, porque los animales iban solos.