—«Haber—dijo—¿quién es el que ha detenido á las mulas?

—«Este esclavo que pertenece al Santo Oficio, y que le llevamos para vender.

—«¿Esclavo es y va de venta? Yo le compro: ¿cuánto vale?

—«Señor, tenemos órden de darlo por mil quinientos pesos; tal vez parecerá muy caro á su señoría, pero es fuerte, sano...

—«Le tomo, le tomo, y decidme si preferís venir conmigo á mi casa, ó dejármele llevar y enviar por el dinero luego.

—«Puede su señoría llevarle, que bien conocemos á Don Juan Luis de Rivera, abonado en todo el comercio de esta Nueva España.

—«Entonces le llevo, y ocurrid por el precio, y para que se tire la escritura de venta.

«Don Juan Luis de Rivera dejó la carroza que las mulas habian roto, y tomando del brazo á la niña echó á andar, diciéndome:

—«Síguenos.

«Y caminamos hasta la casa de la calle de la Celada.