—«Tienes razon; pero oyeme una palabra, en el pozo de la casa en que viviamos, dejé escondidas mis riquezas, sácalas, compra tu libertad y vive feliz; si llego á salir, te buscaré, y tú me mantendrás, si no, encomiéndame á Nuestro Señor.
—«Adiós, mi amo.
—«Adiós—ah, otra palabra, soy inocente. Don Manuel, nuestro vecino, me ha calumniado por envidia, él enterró al Cristo en la puerta de la tienda.
—«¿Y el que estaba adentro?
—«Luisa, comprada por él, lo introdujo allí.
—«¡Qué horror! ¿será cierto?
—«El que se halla ya casi en el sepulcro te lo jura.
—«Vamos—dijo Santiago desde afuera.
—«Sí—le contesté.
«Besé la frente del viejo, y salí con el corazon traspasado de dolor, por sus sufrimientos y por la revelacion que me habia hecho. Yo conocia á Luisa y la creia capaz de todo.