«Aquellas infelices, mas muertas que vivas, caminaban, ó mas bien se arastraban al patíbulo, sostenidas por dos hombres que las llevaban de los brazos: al lado de cada una de ellas venian dos sacerdotes exhortándolas en voz alta, á grandes gritos, encomendándolas á Dios: llevaba cada una en la mano un Crucifijo, que apenas tenia fuerzas para llevar á la boca.

«Estoy seguro de que no habia una sola persona en aquel inmenso concurso que no se sintiese horriblemente conmovida: llegaron las dos primeras á la horca y las subieron los verdugos: les ataron los lazos corredizos en el cuello y se apartaron las escaleras que les servian de apoyo; los cuerpos quedaron suspendidos en el aire, agitando convulsivamente las piernas, y dos verdugos enmascarados, con una agilidad verdaderamente infernal, subieron á caballo sobre los hombros de las víctimas, y mientras que con ambas manos les tapaban la boca y las narices, con los piés les aplicaban furiosos golpes sobre el pecho y sobre el estómago.

«Poco á poco fueron quedando inmóbiles aquellos cuerpos, hasta que puesta otra vez la escalera los verdugos descendieron y se descolgaron aquellos dos primeros cadáveres.

«Siguieron las otras dos mugeres. Una subió resignada; pero la otra en el momento de pisar el primer escalon se rebeló.

—«No quiero morir—gritaba la infeliz—por Dios, señores, que me perdonen; no quiero, no quiero; por Dios, por su Madre Santísima, que me perdonen.........

«Y luchaba, y se debatia; los verdugos no podian hacerla subir: otros vinieron en su auxilio, pero aquella muger, la mas jóven de todas, tenia en esos momentos una fuerza terrible: habia logrado desatar sus manos y golpeaba y arañaba; pero á pesar de todo subia, subia arrastrada por los verdugos. Al colocarle el lazo fué necesario emprender otra nueva lucha: estaba casi enteramente desnuda, porque toda su ropa habia caido hecha pedazos: mordia, escupia, gritaba. Aquello era un espectáculo que hacia erizar los cabellos.

«Le colocaron el lazo, se retiró la escalera y quedó en el aire: el verdugo subió sobre sus hombros y quiso taparle la boca; pero ella tenia las manos libres y apartó violentamente las del verdugo: el hombre perdió el equilibrio, quiso sostenerse y cayó á tierra arrancando el último pedazo de lienzo que cubria á la infeliz, que quedó completamente desnuda á la vista del inmenso concurso; pero la escena no dejaba á nadie pensar en esto, á pesar de que aquella muger tendria á lo mas diez y ocho años. Lo que estaba pasando era espantoso: habia logrado meter las manos entre el lazo que rodeaba su cuello, y así se sostenia abriendo con espanto los ojos, é implorando gracia con una voz sofocada.

—«Gracia, gracia, por Dios, por Dios—gritaba, haciendo inmensos esfuerzos para sostenerse en las manos.

«Uno de los verdugos brincó y se abrazó de sus piés; pero como estaban desnudos y ella hacia esfuerzos para desprenderse de él, el hombre se soltó, llegó otro y se aferró con todas sus fuerzas; entonces comenzó para la infeliz muchacha una agonía imposible de describir: como sus manos impedian correr bien el lazo, el nudo no apretaba pronto, y la muerte llegaba, pero lenta, dolorosa: la jóven no gritaba, pero producia una especie de ronquido: no podia mover las piernas porque un hombre estaba suspendido de ella; ni las manos, porque las tenia aprisionadas en el cuello; pero su seno se agitaba rápidamente. No pude soportar aquello: cerré los ojos, y me cubrí la cara con las manos.

«La infeliz, debió hacer algo espantosamente ridículo en medio de las ansias de la agonía, porque sentí un murmullo de horror entre la multitud, y al mismo tiempo unas alegres carcajadas: volví el rostro espantado buscando al autor de aquella profanacion impía, y en una carroza que estaba cerca de mí descubrí tres personas que reían burlándose de la esclava infeliz: eran Don Manuel de la Sosa, (el antiguo vecino de D. José de Abalabide), el hombre que habia ido á denunciar la conspiracion, y que, segun entendí, se llamaba Don Cárlos de Arellano, y Luisa, Luisa la mulata, la esclava de Don José; la muger que me habia inspirado una pasion tan vehemente.