El Bachiller no tenia sueño, ni era posible que lo tuviera; habia dormido todo el dia, y pensando á donde acabaria de pasar la noche, tomó el rumbo de la casa de la Sarmiento.
Su última entrevista con la bruja lo habia dejado impresionado, y por mas que pretendia distraerse, las predicciones de la vieja no se borraban de su memoria.
Habia, ademas, otra razon para que Martin gustara de ir á la casa de la bruja: la muchacha sorda-muda le habia hecho gracia, tenia ya deseo de volverla á ver, y á riesgo de tener un lance con el Ahuizote, queria Martin probar fortuna.
Las calles estaban enteramente desiertas; pero al través de las hendiduras de la puerta de la casa de la Sarmiento, se descubria luz.
Martin llamó, y como si le hubieran estado esperando ya, la puerta se abrió inmediatamente y la bruja asomó la cabeza.
—¿Qué venís solo?—preguntó como admirada.
—Pues con quién diablos queriais que viniese—contestó Martin.
—Ah, dispensadme—dijo la vieja algo contrariada—dispensadme, señor Martin, que os tomé al principio por otra persona.
—Señal es esa de que esperais á alguien—dijo Martin entrando á la casa.
—En efecto, espero á quien no debe quizá dilatar.