Pasaron algunas habitaciones desiertas tambien, y el negro llamó á una puerta entornada.
—Adentro—dijo una voz tan dulce, como el gemido de una brisa.
El negro empujó suavemente la puerta, se hizo á un lado dejando pasar respetuosamente al Oidor, y volvió á cerrar, quedando por fuera como de centinela.
—Loado sea Dios—esclamó al ver á Quesada una dama que leía un libro, sentada en un sitial cerca de una mesa.
—Doña Beatriz—esclamó Quesada, arrojándose á los piés de la dama, antes que ésta hubiera tenido lugar de levantarse.
. . . . . . . .
Martin permaneció cerca de un cuarto de hora sin moverse: estaba como confundido en el hueco de la puerta, y en la sombra del muro.
Enfrente habia una casa baja con ventanas irregularmente colocadas.
Martin creyó oir ruido dentro de aquella casa; y en efecto á poco se abrió la puerta, y tres hombres embozados hasta los ojos salieron de allí acompañados hasta la salida por una vieja que llevaba una vela, y por tres ó cuatro muchachas que se despedian de ellos, con una ternura demasiado espresiva.
La luz que se desprendia de la puerta iluminó á Martin, y la vieja le alcanzó á ver.