Doña Beatriz se inclinó y lloró.
La comitiva siguió adelante, y todos subieron en las carrozas, que siguiendo la del palacio, llegaron á la iglesia Catedral.
No era entonces la Catedral la misma que hoy es: aquella, comenzada á formar en tiempo de Hernan Cortés, no contentó con toda su magnificencia el alma grande del sombrío Felipe II, y queriendo para la primera ciudad de Nueva España un templo digno de la opulencia de la colonia y del poder de la metrópoli, despachó cédula á la real Audiencia y al virey Don Luis de Velasco I, para que se construyese la Catedral que hoy existe.
Entonces, es decir, en los dias á que se refiere nuestra historia, las sagradas ceremonias tenian lugar en el antiguo templo que estaba cerca del moderno, y que fué derribado para que su recinto sirviera de atrio.
Las fundadoras del convento de Santa Teresa llegaron á la Catedral, conducidas por una inmensa muchedumbre, y allí el Arzobispo vestido de pontifical, celebró el sacrificio de la misa.
Tratóse luego de la advocacion que debia darse al nuevo convento, y en una soberbia urna de plata ricamente cincelada, se depositaron cédulas con los nombres que debian entrar en este sorteo de devocion.
Un niño bello y rubio como un ángel, llevado de la mano por el Arzobispo, sacó una de las cédulas—«Señor San José»—dijo el prelado leyéndola, y volvió á introducirla adentro.
Dos capellanes de coro movieron violentamente el ánfora, y por dos veces se repitió la operacion y por dos veces resultó Señor San José.
Decididamente la suerte se habia puesto de acuerdo con el esposo de María, ó la suerte en ese dia trabajaba de órden suprema.
Entonces las fundadoras acompañadas de toda la concurrencia, y cubiertas con sus grandes velos negros, se dirigieron en solemne procesion á su nuevo convento, cuya iglesia estaba en la misma manzana que hoy, pero en la esquina que mira para la calle del Hospicio de San Nicolás.