—No, Don Cesar, siempre llegareis á tiempo.
—¿Conoceis mi nombre?—dijo Don Cesar asombrado.
—¿Acaso no conoceis vos tambien el mio?
—¿Creeis que si vuestro corazon no me olvida, el mio pudiera haberos olvidado?
Don Cesar naufragaba en un mar de conjeturas: ¿quién era aquella muger que así le hablaba? ¿Qué iba á hacer, si, como era natural, se prolongaba la conversacion sin que él pudiera recordar su nombre? Era preciso esquivar aquel escollo.
—Señora—dijo Don Cesar para dar otro jiro á la conversacion, y recordando lo que le habia contado el virey—¿Por qué me habeis rechazado tan cruelmente anoche?
—Don Cesar, porque hay entre nosotros un abismo que puede arrastrarnos á infinitos males, y no quiero esponeros por mi causa.
—¿Y creeis señora, que tema yo algo, tratándose de vos? ¿creeis que sacrificio alguno me parezca grande por obtener un amor como el vuestro?
—Es que quizá hasta la salvacion eterna de vuestra alma puede peligrar.
—Habladme señora, decidme que peligros son esos, ya ansio por arrostrarlos, para probaros cuanto os adoro.