El Alcalde y el Alguacil mayor pálidos tambien, pero serenos, se acercaron á él.
—En nombre de la justicia de Su Majestad—dijo el Alcalde, dése preso Su Ilustrísima, y síganos.
Todo el mundo estaba helado de espanto: el silencio era tan completo, que podia escucharse el vuelo de un insecto.
El Arzobispo se levantó y el Alguacil le tomó de la mano.
Luisa quiso acercarse, pero uno de los alabarderos que habian rodeado inmediatamente al Arzobispo, la rechazó bruscamente.
El Alcalde y el Alguacil mayor conducian al Arzobispo en medio de la muchedumbre, que se abria, silenciosa y espantada, para dejarles paso.
En el patio estaba dispuesta una carroza, se hizo montar en ella al Arzobispo, subieron tambien algunos de sus guardas, y sin que se dejase escuchar un grito ni una amenaza, salió el coche á la Plaza Principal y tomó el camino del Santuario de Guadalupe.
Dentro del palacio todo el mundo habia visto en silencio la prision del Arzobispo, porque al través de los muros á cada uno le parecia tener fijas en sí las chispeantes miradas del marqués de Gelves, pero ya en la calle los llantos, las quejas y las maldiciones seguian por todas partes al prisionero y á sus guardas.
Detras de la carroza en que iban el Arzobispo, el alcalde Don Lorenzo de Terrones, el alguacil mayor Martin Ruiz de Zavala, y el secretario de la Audiencia Cristóbal Osorio, seguian á caballo el sargento mayor Don Antonio de Ocampo y algunos alguaciles.
Aquella misma tarde el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna, desde el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe, declaraba solemnemente excomulgados al virey, á los oidores, y á los ministros que le sacaron de la ciudad: les mandaba fijar en las tablillas y publicar el entredicho.