Felisa no podia ya correr, el cansancio y la fatiga, unidos con el terror, no la permitian dar un paso.
Por mas que su amante la instaba, la pobre muchacha no podia moverse.
El sacristan creia ya llegada su última hora cuando una idea luminosa cruzó por su cerebro, buscó en sus bolsillos y sacó precipitadamente una llave—era la de la iglesia.
En esos momentos abrió la puerta, y empujando para dentro del templo á Felisa se entró detras de ella y cerró cuidadosamente procurando no hacer ruido.
La ronda pasó por frente á la iglesia sin pensar siquiera que allí se habian refugiado los fujitivos.
El sacristan miraba por una hendidura de la madera, y Felisa habia caido de rodillas. Así trascurrió cosa de media hora.
—Se han ido ya—dijo muy bajo el sacristan—vámonos.
—No—contestó Felisa—Dios me ha hecho volver milagrosamente á su casa de donde habia yo huido, y no saldré ya de ella.
—Pero mi vida, por Dios, ¿y tanto trabajo para que salieras, y las llaves?
—Las llaves que por fortuna no he perdido, me servirán para volverme por donde vine, y si Dios permite que nada hayan observado las madres, me guardaré por siempre el secreto de lo que ha pasado en esta noche como si fuera un sueño. Dios haga muy feliz á Sor Blanca, ya que me hizo á mí tan dichosa de haber podido volver aquí sin que otra novedad me lo hubiera impedido. Adios, y ojalá que á tí te sirva esto de leccion como á mí.