—Amen—contestó la Sarmiento—¿qué se os ofrece, caballero?

—Venia en busca del Ahuizote—dijo Martin con un tono brusco.

—No ha venido hoy, pero siéntese usarcé señor Bachiller Don Martin de Villavicencio Salazar.

—Calle, ¿y de dónde conoceis vos mi nombre?

—Si buscais al Ahuizote y sabeis que ellos vienen por acá, ¿qué milagro será que os conozca?

—Teneis razon, y supuesto que entre nosotros no hay misterio, ¿podeis decirme adónde hallaré al hombre que busco?

—Costumbre tiene de venir aquí todas las noches á las oraciones, porque gusta mucho de esa muchacha—dijo la Sarmiento señalando á María, en quien no habia reparado bien el Bachiller.

—Oh, y por mi fé que es una preciosa mulata, buenas noches, hermosa.

—Es sorda y muda—dijo la Sarmiento.

—¡Qué lástima!—esclamó Martin—con que esta es la propiedad del Ahuizote.