Martin salió á llamar á Teodoro, y entrando despues los dos á la cámara en que estaba el Arzobispo, entornaron cuidadosamente la puerta.

—Ahora, decidme—les dijo el prelado, haciéndoles seña para que se sentasen.

—Pues señor, es el caso—dijo Martin—que el santo Oficio tiene en prisiones á mi muger y á la de Teodoro, y queriamos valernos del respeto de su señoría, para ver si conseguiamos su libertad.

—¿Y por qué están presas?—preguntó el Arzobispo.

—Si se ha de decir la verdad—contestó Martin—toda la culpa es nuestra, por haber dado asilo, en nuestras casas, á una monja que se habia fugado de su convento.

—Gravísima falta es ella—dijo el prelado—pero calculo, que si no es mas que eso, facilmente podré conseguir lo que deseais á condicion de que hayan pasado las cosas, tales como me las habeis referido.

—Para no engañar á su señoría Ilustrísima—dijo Teodoro, debo advertirle que la dicha monja tuvo un novio.

—¡Ah! entonces ya la cosa es mas séria.

—También es preciso contarle á su señoría, que la dicha monja contrajo matrimonio con el tal novio.

—¡Oh! entonces la cosa es grave.