—Espantoso debe ser el tormento—pensó Luisa.

—Tengo sed—dijo la enferma—dadme de beber y hablaré.

Luisa volvió á darle agua, y antes de acabar de beber apartó la boca del jarro, y dijo, con una voz que parecia salir de su corazon.

—Yo soy Doña Blanca de Mejía, y cayó desmayada.

—¡Doña Blanca!—gritó Luisa, dejando caer en el suelo la vasija del agua, que se hizo mil pedazos, con que es decir ¿qué yo soy la causa de las desgracias de esta muger? ¿con que estoy encerrada aquí, al lado de la víctima de mi denuncia, y mirando en ella, los tormentos que me esperan? ¡Dios mio! ¿cómo puedo esperar compasion si aun está vivo mi delito? ¡Oh! yo no sabia lo que era un remordimiento, y es peor, sí, es peor, que todos los tormentos de la inquisicion.

¡Ah!—dijo arrodillándose cerca de Blanca y tomando una de sus manos—Perdóname, perdóname, pobre criatura, ¡cuánto te he hecho padecer! Yo he sido una pantera, pero me arrepiento. ¡Dios mio! me arrepiento, quisiera mil veces sufrir lo que sufre esta desgraciada, primero que haber cometido los crímenes que llevo sobre mi conciencia: ¡Jesus, y qué negra está la noche de mi conciencia, y cuántos cadáveres he regado en mi camino! Don José Abalabide, Don Manuel de la Sosa, los esclavos ajusticiados en la Pascua......... quizá por eso Dios me ha castigado, y mi color se ha vuelto negro..................

—Agua, agua, que me ahogo, que me abraso—dijo Doña Blanca volviendo en sí—agua.

—¿Agua?—dijo Luisa—¿agua? y yo he roto la vasija en que estaba ¿conque yo he de atormentar á esta infeliz en todas partes?

—Agua—decia Blanca—agua. Luisa como una loca se lanzó á la puerta del calabozo, y comenzó á golpear con las manos furiosamente, pero el ruido que sus manos delicadas, producian sobre aquella macisa puerta se escuchaba apenas dentro del mismo calabozo.

Blanca volvió á quedar en silencio, y Luisa con las manos hechas pedazos, cayó de rodillas junto á la misma puerta.