—¿Ha visto V. E.—le dijo éste—á la muger que le remití?
—No—contestó Don Pedro—que tanto me preocupan los negocios del Estado que no he tenido tiempo para ello.
—Pues de saber tiene Su Excelencia que ha pasado aquí un lance, que me ha parecido en estremo desagradable y me obliga á llamaros.
—¿Qué hay, pues?—dijo espantado Vergara.
—Que los encargados de cumplir las órdenes no enviaron á Luisa, sino que en su lugar dejaron salir á una muger sentenciada á la pena de garrote vil.
—Pues nada hay perdido, porque la muger está segura en las prisiones de la ciudad.
—Pero es que en el lugar de ella quedó Luisa y.........
—¿Y qué?.........
—Que ha sufrido anoche la última pena.
—¡Jesus nos ampare! esclamó pálido como un muerto Vergara. ¿Y qué hacemos?