—¿José?—dijo Don Pedro.

—Aquí estoy, señor—contestó un lacayo entrando.

—¿Qué sucedió?

—Nada hemos encontrado, fuimos hasta frente á la Catedral nueva en donde pasó el lance, ni un vestigio, ni un rastro siquiera de sangre.

—¿Y Tirol?

—Nada, señor, nada, si murió se ha recogido su cadáver, si no, se lo llevaron herido.

—Pero pues no habia sangre, no estaria herido.

—No lo comprendo eso, yo lo ví caer, cuando el demonio, que sin duda él fué, se apareció en defensa del Oidor. Tirol cayó sin mover pié ni mano, pero si estaba herido no dejó ni una huella de sangre.

—Está bien, retírate á recojer, mañana tal vez aclararemos este misterio.

Y Don Pedro se acostó vestido sobre su cama.