—¿Quereis que veamos si ese hombre ha vuelto á sus sentidos para examinarlo?

—Sí tal; y si así fuese, hacedle subir.

Martin bajó á ver al herido, y el Oidor se desciñó la espada y se sentó á esperar.

El Bachiller volvió con el herido, no había sufrido mas que una pasajera congestion á resultas del puñetazo que descargó Teodoro sobre su frente.

El hombre entró á la estancia en que le aguardaba el Oidor, todavía atarantado, y sin hacerse bien cargo de lo que habia pasado.

—Venid acá, amigo—le dijo Don Fernando con dulzura.

El hombre se acercó.

—Quereis decirme, pero hablad con franqueza, ¿quién sois, y qué motivo os impulsó para buscar mi muerte, cuando yo ni os conozco, y vos quizá apenas me conoceis?

—Señor,—contestó el hombre—aunque tengo la librea de lacayo, me llamo Tirol, y soy el mayordomo de la casa de mi señor Don Pedro de Mejía.

—Bien, ¿y qué causa os movió para pretender asesinarme?