—Sí.
—Pues no tarda el tiempo que se invierte en rezar un credo en daros orden para que no se hagan preparativos de viaje.
—¡Cuerpo de tal! ¿Y cómo haréis, señor?
—Oh, oh, es un secreto, ¡un secreto!
Y salió de la estancia murmurando entre dientes las palabras anteriores.
La llama de indignación que se había encendido en el pecho del joven rey, con las palabras de don Juan, fue apagada de pronto y sustituida por otra que, extendiéndose por todo su cuerpo como una chispa eléctrica, le inflamó la sangre y le hizo sentir, por primera, una afección desconocida de él, y, por otra, que le hizo palpitar el corazón violentamente y perder la razón por un momento.
Sus ojos, extraordinariamente abiertos, no los quitaba ni un instante de una mujer de singular belleza, ricamente vestida y con el cabello tendido por los hombros en forma de rizados bucles, que muellemente recostada en una banqueta de terciopelo carmesí, veíase por entre las celosías de una ventana del piso bajo.
Poco tiempo le duró al rey su halagüeña aparición, pues un hombre de larga barba y traje judaico cerró la ventana.
—¡No cerréis, Aben-Ahlamar! —exclamó don Fernando conociendo en el personaje a su físico—. ¡No cerréis, que quiero verla más tiempo, quiero contemplarla de nuevo!
Como queda dicho la ventana se cerró y el desgraciado Fernando, víctima de los hechizos de la gitana Piedad, se quedó triste y admirado.