Este retrocedió espantado, y con voz balbuciente dijo:

—Detente, detente, y escúchame.

—Habla, habla...

—Tu hija..., tu hija... no la conozco.

—¡Ah, te diviertes en atormentarme! ¡No la conoces! ¿Y estos papeles que por largo tiempo has conservado? —dijo don Juan presentando al judío el legajo que este había entregado a Simeona, y que la vieja, sedienta de venganza, depositó últimamente en manos del infante.

—¡Oh, perdóname, Señor, que todo, todo te lo diré!

—Bien está; habla.

—A tu hija la conoces tanto como yo.

—¿Quién es?

—La querida del difunto rey de Castilla.