—¡Oh, cuán buena eres, ángel mío!..., pero ¿y el recuerdo de lo pasado?, ¿y el remordimiento de haberte hecho desgraciada?

—¡Callad, padre mío, callad, vuestras palabras me hacen padecer atrozmente! ¡Oh, no evoquéis recuerdos que me despedazan el alma!

—Tienes razón, callaré, hija mía, callaré y procuraré ahora hacer tu felicidad.

—¡Mi felicidad, padre mío!

—Sí, tu felicidad, Piedad. Desde hoy serás la primera dama de Castilla, desde hoy serás el encanto y la admiración de la corte; y si no te basta esto, tu padre sabrá quitar al rey su corona para dártela a ti.

—¡Padre mío! ¡Yo... jamás!, se reirán de mí..., ¿y lo pasado?

—¡Que se reirán de ti! ¡Oh!, ¿quién se atrevería a ello, quién? ¡Desgraciado el que osase ofenderte!...

—Perdonad, señor; pero yo no seré feliz en la corte..., yo no podré vivir como queréis sin ser más desgraciada de lo que soy en la actualidad. Mi alma necesita el reposo y mi cuerpo la soledad y el silencio... Señor, para ser feliz vuestra hija necesita la tranquilidad y la oración..., mi determinación, padre mío, está ya tomada..., solo hay una parte en este mundo donde encontraré lo que apetezco y necesito... Allí rogaré a Dios por vos, por mi hijo, y le pediré constantemente me envíe esa felicidad dulce y santa que necesita mi pobre corazón, tan cruelmente herido y lastimado...

—¿Y en dónde encontrarás esa felicidad, hija mía?

—¿En dónde? ¡En el claustro, padre mío! En el claustro o en el campo en medio de los bosques y de los árboles.