Expiraba el día 31 de diciembre, y con él, el año de 1301. Las primeras pálidas sombras de la noche envolvían las pequeñas torres de un edificio negruzco y de arquitectura desconocida, que servía entonces de alojamiento a los guardias y comitiva del poderoso infante don Juan, tío del gran monarca de Castilla. Una estrecha y oscura galería, cuyas maltratadas paredes estaban cubiertas por tapices de raídos colores que representaban las brillantes campañas de los vencedores de las Navas y Clavijo, disminuyendo la luz que por ojivas ventanas penetraba en aquel paraje, le daba un tinte sombrío que más que en ninguna otra parte se reflejaba en los rostros severos de dos personajes que al parecer con la mayor cautela platicaban. Permitido nos será, a fuer de verdaderos cronistas, introducirnos en la lúgubre morada que acabamos de describir, para de este modo poder relatar con más exactitud el misterioso asunto que a los dos caballeros ocupaba. Uno de ellos, que parecía reconocer la influencia de su compañero, revelada por sus ademanes imperiosos y por sus breves pero enérgicas palabras, le dijo apagando cuanto pudo la voz:

—¿No os parece, señor, que altos intereses nos llaman a Castrojeriz, y que no debemos dilatar ni un solo momento la partida?

—Pensara como vos, querido amigo, si otros negocios de más alta importancia no me obligaran a permanecer por ahora en Burgos.

—Pero es necesario que no echéis en olvido que con el rey ha quedado el nuestro siempre terrible adversario abad de San Andrés, sostenedor por interés propio de las pretensiones de la reina madre, enemiga declarada de la parcialidad a cuya frente figura uno de los más ilustres caballeros de Castilla. El abad, aprovechándose de nuestra momentánea ausencia, influirá inmediatamente en el ánimo del rey para conducirle a lo que él llama su buen camino.

—Basta, por Dios, buen conde; la influencia de la palabra es pasajera; la de la espada, y esta es la mía, dura, en estos tiempos de desgraciados azares tanto como el más largo reinado del más débil monarca, y va veis si tiene aplicación...

—Oh, sí, sí; niño y débil el rey, y los tiempos de intestinas guerras, largo, muy largo debe ser el verdadero reinado del más ilustre de los guerreros y el más querido de las in...

—¡Silencio! —dijo el apuesto caballero, concluyendo entre dientes una frase que no dejó murmurar a su compañero.

Y tendiéndole su diestra, añadió en alta voz:

—Si os agrada, seguidme a casa del judío Juffep Aben-Ahlamar, donde podremos continuar nuestra plática.