Blanca.—¡Cielos! ¡Siento afilar el cuchillo!
Magdalena.—¡Pobre joven! Llama á su tumba.
Blanca.—Estoy temblando. Voy á morir. (Cayendo de rodillas.) ¡Oh Dios! Perdono á cuantos me han ofendido; perdónalos tú también; al rey, á quien compadezco y amo, á todos, hasta á ese réprobo que me espera ahí en la sombra con el hierro levantado. Ofrezco en sacrificio mi vida por un ingrato. Si es más dichoso, ¡que me olvide!, y viva en su prosperidad mucho tiempo... él... ¡por quien muero!... (Levantándose.) El verdugo debe estar ya dispuesto.
(Va á llamar otra vez.)
Magdalena (á Saltabadil).—¡Acaba, que se impacienta!
Saltabadil (probando el filo en la mesa).—Bien. Espera; me escondo detrás de la puerta.
Blanca.—Oigo todo lo que dicen.
Magdalena.—Espero la señal.
Saltabadil (detrás de la puerta, cuchillo en mano).—¡Ya!
Magdalena (abriendo).—¡Adelante!