Saltabadil.—¡Pardiez! ¡Y cómo pesa! Ayudadme, señor mío, un poco. (El bufón, agitado de convulsiva alegría, le ayuda á llevar el saco, que al parecer contiene un cadáver, hasta el proscenio.) Vuestro enemigo está en este saco.

Triboulet.—¡Qué gusto! Quiero verlo. ¡Una luz!

Saltabadil.—¡No, pardiez!

Triboulet.—¿Quién teméis que nos vea?

Saltabadil.—Los arqueros y vigilantes nocturnos. Nada de luz ¡qué diablo! Ya hacemos bastante ruido. Los diez escudos.

Triboulet.—Toma. (Entregándole un bolsillo.) Hay momentos de verdadera fruición en la venganza.

(Examina el saco mientras el otro cuenta.)

Saltabadil.—¿No he de ayudaros á echarlo al río?

Triboulet.—Para esto yo solo me basto.

Saltabadil.—Pero los dos lo haríamos más pronto.