Triboulet.—¡Suerte implacable! ¡Cogida en mi venganza! ¡Oh! Dios me castiga. Pero ¿cómo ha sido esto? Explícate, hija mía.

Blanca (moribunda).—No me hagáis hablar...

Triboulet.—Perdóname... Pero ¡perderte sin saber cómo!...

Blanca.—¡Me ahogo!

Triboulet.—Blanca, hija mía, no te mueras. (Con desesperación.) ¡Socorro! ¡Socorro! Nadie hay aquí. ¿He de dejar morir así á mi hija? ¡Ah! la campana de las aguas está ahí en el parapeto. ¿Puedes, hija mía, esperar que vaya á traer agua y á tocar para que vengan en tu auxilio? (Blanca hace una seña negativa.) ¿No quieres? Pero fuerza es que... (Llamando sin dejarla.) ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Esa casa, Dios mío, es una tumba! (Blanca agoniza.) ¡Se muere! No, no te mueras, hija mía. ¡Tesoro mío! ¡paloma mía! Si tú me faltas ¿qué me quedará ya en el mundo?

Blanca.—¡Oh!

Triboulet.—Espera; te estoy lastimando con el brazo; déjame mudar de postura. ¿Estás así mejor? Procura respirar hasta que venga alguien á asistirnos... ¡Y no viene nadie! ¡Oh Dios!... ¡Nadie!

Triboulet.—¡Blanca!... ¡Hija mía!

Blanca.—Padre mío... perdonadme... ¡Adiós!