Regina.—Ven. (Se apoya en la nodriza y en su amado y se dirige hacia la puerta falsa. Allí se detiene y volviéndose dice:) ¡Oh! ¡Morir á los diez y seis años es horrible! Cuando hubiéramos podido vivir juntos, amantes, dichosos. Otberto mío, ¡quiero vivir! Escucha mi plegaria: no dejes que me hunda bajo esa fría piedra. Me causa horror la muerte. Sálvame por mi amor. ¿Podrías tú salvarme? Dí.

Otberto.—Vivirás. (Sale Regina con Eduvigis.) ¡Morir tú tan joven, tan bella y tan pura! Así hubiera de luchar con el demonio, vivirás, yo te lo juro. (Viendo á Guanhumara inmóvil en el fondo.) ¡Á propósito!

ESCENA IV

OTBERTO, GUANHUMARA

Otberto.—Guanhumara, tu mano... tengo necesidad de ti. Ven.

Guanhumara.—¡Tú! ¡Déjame!

Otberto.—Escúchame.

Guanhumara.—¿Vas á preguntarme otra vez por tu tierra y tu familia? Pues bien, lo ignoro. ¿Si tu nombre es Otberto? ¿si tu nombre es Yorghi? ¿Por qué ha pasado tu vida en el destierro? ¿Si fué en Córcega ó en Moldavia donde te encontré niño, desnudo, solo, en pos del sustento? ¿Por qué te aconsejé que vinieras á este castillo prohibiéndote que dijeras que me conocías? ¿Por qué, bien que Regina haya seducido al amo, conservo yo mi cadena al cuello, y en todo tiempo y lugar, como cumpliendo un voto, esta argolla en el pié? No quiero contestarte, nada he de decirte. Delátame si quieres. Pero no, tú no harás traición á la nodriza que te crió á sus pechos y te sirvió de madre; después de todo, tampoco le temo yo á la muerte. (Retirándose.)

Otberto (deteniéndola).—No es de mí de quien quiero hablarte. Dime, tú que lo sabes todo, Regina...

Guanhumara.—Morirá antes de un mes. (Retirándose.)