Otberto.—Te lo juro.

Guanhumara.—La misma Regina me responderá de ti... ella pagaría tu perjurio. Bien lo sabes; conozco de antiguo esta morada, sé todos sus secretos y á todas horas puedo entrar en ella.

Otberto.—¿Dices que con ese licor se salvará?

Guanhumara.—Sí; piensa en tu juramento.

Otberto.—¿Se salvará?

Guanhumara.—Sí. Pero piensa en que ha de pertenecerme tu alma.

Otberto.—Dame ese licor y tómala.

Guanhumara (Entregándole el pomo.)—Hasta mañana.

Otberto.—Hasta mañana. (Sale la vieja.) ¡Gracias, mujer! Cualesquiera que sean tus proyectos, aceptados están, á trueque de salvar á Regina. Pero huyamos de aquí. (Deteniéndose en la puerta falsa.) ¡Oh! ¡Trágueme el infierno; pero... viva ella!

(Entra precipitadamente por la puertecita que cierra tras sí. Entre tanto óyense por el lado opuesto cantos y risas que al parecer se acercan, y luégo se abre la puerta principal de par en par.)