Magno.—Mucho ruido estáis haciendo, muchachos. Dejad á los viejos meditar en las sombras y el silencio. El resplandor de los festines hiere nuestros severos ojos. Los viejos chocaban las espadas; vosotros, gente moza, chocad los vasos; pero lejos de nosotros.
Hatto.—Señor... (Viendo vueltos los retratos.) Pero ¿qué veo? ¿Quién, padre, ha tenido la audacia de volver los retratos?
Magno.—Yo.
Hatto.—¿Vos?
Magno.—Sí.
Hatto.—Pero, padre...
Gerardo (á Hatto).—Se chancea.
Magno.—Los he vuelto para que no vieran la vergüenza de mis hijos.
Hatto (con cólera).—Barbaroja castigó á su tío Luís por una afrenta menos grave. Pues que se me tienta...
Magno (con desdeñoso tono).—Me parece que se ha hablado de Barbaroja; me parece que se le ha alabado... ¡Que delante de mí no se vuelva á pronunciar ese nombre!