D. Ruy (Al lado de Hernani. Aparte.)—No me ha visto Sol.

(Doña Sol corre á Hernani y retrocede ante su mirada.)

Hernani.—Señora...

D.ª Sol (Sacándose del seno el puñal.)—Aún guardo su puñal.

Hernani (Tendiéndole los brazos.)—¡Amada mía!

D. Carlos.—¡Silencio! (Á los conjurados.) ¿Estáis ya más alentados? Conviene que dé una lección al mundo. Lara el de Castilla y Gotha el Sajón, todos vosotros ¿qué hacíais aquí? Hablad.

Hernani (Dando un paso.)—Señor, es muy sencillo y puede decirse en alta voz. Estábamos grabando en la pared la sentencia de Baltasar. (Alzando el puñal.) Dábamos al César lo que es del César.

D. Carlos.—En buen hora. ¿Y vos, traidor Silva?

D. Ruy.—¿Quién de nosotros dos?

Hernani (Á los conjurados.)—Nuestras cabezas y el imperio. Tiene lo que desea. (Al emperador.) El manto azul de los reyes podía embarazar vuestros pasos. La púrpura os conviene más: en ella no se ve la sangre.