D. Carlos.—¡Conque yo soy hijo de padres que decapitaron á los vuestros! Este título basta.
D.ª Sol (Arrodillándose á sus piés.)—¡Piedad, señor! Sed clemente con él, ó heridnos á los dos, porque es mi amante, es mi esposo, y sólo por él y para él vivo. ¡Piedad, señor, os lo ruego de rodillas á vuestras sagradas plantas! Le amo y es mío, como el imperio es vuestro. ¡Oh! ¡perdón! (Don Carlos la mira inmóvil.) ¿Qué idea siniestra os absorbe?
D. Carlos.—Ea, levantaos, duquesa de Segorbe, condesa de Albatera, marquesa de Monroy... ¿Tus otros títulos, don Juan?
Hernani (Con delirio.)—¿Habla así el Rey?
D. Carlos.—No; el Emperador.
D.ª Sol (Levantándose.)—¡Gran Dios!
D. Carlos (Á Hernani.)—Duque, he aquí tu esposa.
Hernani (Recibiéndola en los brazos.)—¡Dios justo!
D. Carlos (Á Ruy Gómez.)—Primo Silva, tu nobleza es celosa, bien lo sé; pero un Aragón bien vale lo que un Silva.
D. Ruy.—¡Ah! no es mi nobleza la celosa.