D. Carlos.—Y yo.
Hernani.—Yo no odio ya. ¿Á quién se debe esta mudanza?
Todos.—¡Honor á Carlos Quinto!
D. Carlos (Volviéndose hacia el sepulcro.)—¡Honor á Carlomagno!... Dejadnos solos á los dos.
(Salen todos.)
ESCENA V
DON CARLOS, solo
(Se inclina ante el sepulcro.)
¿Estás satisfecho de mí? ¿He sabido despojarme de las miserias del rey? ¿Soy ya otro hombre? ¿Puedo ceñir mi yelmo de batalla con la tiara papal? ¿Tengo derecho á gobernar el mundo? ¿Mi pié es ya bastante firme y seguro para andar por ese camino sembrado de vandálicas ruinas que tú hollaste con tus anchas sandalias? ¿Encendí mi antorcha en tu llama inextinguible? ¿He comprendido la voz que habla en tu sepulcro?... ¡Ah! Estaba solo, perdido ante un imperio. Todo un mundo que aúlla, y amenaza y conspira; el danés á quien tener á raya, el Padre Santo á quien pagar; Venecia, Solimán, Lutero, Francisco primero; mil puñales conjurados centelleando en las sombras; asechanzas, escollos, enemigos por doquiera; veinte pueblos que harían temblar á cien reyes; todo premioso, urgente, pidiendo simultánea solución... Y te llamé diciendo: ¡Carlomagno! ¿por dónde empezaré? Y tú me respondiste: ¡Hijo, por la clemencia!