Maffio.—¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don Silicio, galante caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se casó con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre!
Gubetta.—Es triste y común. Un hombre arruinado que se casa con una mujer caduca es cosa que se ve todos los días.
(Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se levantan y van á hablar en el proscenio mientras continúa la orgía.)
La Princesa Negroni (Á Maffio, señalándole á Genaro.)—Señor conde Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy triste.
Maffio.—Siempre está así, señora. Me dispensaréis que lo haya traído sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi hermano de armas. Me ha salvado la vida en el asalto de Rímini; y en el ataque del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No nos separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que moriríamos el mismo día.
La Negroni (riendo).—¿Os ha dicho si sería por la mañana ó por la noche?
Maffio.—Nos ha dicho que sería por la mañana.
La Negroni (riendo más fuerte).—Vuestro gitano no sabía lo que se decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven?
Maffio.—Tanto como un hombre puede querer á otro.
La Negroni.—Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos sois!