Scarpia

¿Tienes más que pedirme todavía?

Floria

(Haciendo un esfuerzo.) Quiero un salvoconducto, autorizándome para abandonar libremente los Estados Romanos.

Scarpia

Es muy justo. (Va hacia la escribanía y se pone a a escribir vuelto de espaldas. Floria se acerca a la mesa y toma el vaso en que Scarpia le sirvió vino al principio del acto. Al acercarlo a sus labios, se fija en el cuchillo de trinchar, de hoja muy afilada, que está sobre la mesa y se iluminan sus ojos con brillo siniestro, volviéndose en el acto a mirar a Scarpia que sigue escribiendo. Deja el vaso sobre la mesa y aproxima hacia sí el cuchillo. Después se quita, rápidamente, el guante de la mano derecha y lo coloca encima del cuchillo. Scarpia, que ha concluido de escribir, lee en alta voz.) «Se ordena a todas las autoridades civiles y militares, que dejen salir libremente de la ciudad de Roma y de todos los Estados romanos a la artista Floria, llamada La Tosca, y al caballero que la acompaña, encargándoles además que les presten protección y ayuda si la necesitasen. Tal es nuestra voluntad.— Roma, diez y ocho de junio de mil ochocientos.— Vitelio Scarpia, director general de Policía.— Por mandado de su majestad Católica el rey Fernando.» (Se acerca a Floria, la cual vuelve a coger el vaso, apurando de una vez su contenido.) Está bien así, ¿no es cierto? (Entrega el salvoconducto a Floria que lee en pie, rozando casi su espalda con el rostro de Scarpia, que está inclinado sobre ella, devorándola con los ojos. Floria, después de leer, coloca el vaso sobre la mesa, procurando que su mano esté casi encima del cuchillo.) Y ahora, ¿qué me darás tú en cambio? (La estrecha por la cintura con un brazo, mientras la besa ardientemente en la espalda.)

Floria

¡Esto! (Se vuelve rápidamente y le clava el cuchillo en el corazón.)

Scarpia

(Cayendo sobre el sofá.) ¡Ah... maldita!