La luz perdida y la razon turbada,
CLXXXIX.
Y responde: «¡Acerbísimo enemigo!
¿A qué suspendes sobre mí la muerte?
¿Qué me increpas si á nada yo te obligo?
Libre eres de matarme; ni á moverte
Con ruegos vine aquí, ni ya contigo
Pactos hizo mi Lauso de esa suerte.
Mas si áun queda piedad para el vencido,
Una sola merced muriendo pido: