De muerte perseguidos. No hay quien mueva
Armas en contra ni á esperar se atreva.
CLXXIX.
Aliento, sólo para echar, les queda,
Al hombro el arco laxo: el suelo duro
Baten los cascos voladores: rueda
Del campo á la ciudad turbion oscuro.
Las matronas la infausta polvareda
Ven, rompiéndose el pecho, desde el muro:
Agudo sube el femenil lamento