Hablando, pues, del mal que les espera,
De dolor y ansiedad el pecho lleno,
Allá tirado en la árida ribera
Cadáver infeliz ven á Miseno:
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera
Natura el arte de excitar al bueno
A los combates, y el guerrero bando
Llenar de fuego, su clarin tocando.

XXXV.

Él, cuando Troya, acompañado habia
Á Héctor: los campos él, de Héctor al lado,
Con su trompa y su lanza recorria
En la lanza y la trompa ejercitado;
Despues, cuando de la alma luz del dia
Héctor fué por Aquíles despojado,
De Enéas al mandar el fiel guerrero
(Partido no inferior) puso su acero.

XXXVI.

Mas ahora que insensato en la ribera
Retaba al són de cóncava bocina
Al númen que á emularle se atreviera,
Envidiando Titon su arte divina
(Si no miente la fama vocinglera)
Ahogóle en la espumosa onda marina.
Cercándole los suyos danle en tanto,
Enéas sobre todo, amargo llanto.

XXXVII.

Y llorando, el sagrado mandamiento
A cumplir van, y fúnebres altares
Con árboles á alzar al firmamento:
Van á una antigua selva, hondos hogares
De fieras: al herir de hachas violento,
Los fresnos y los pinos seculares
Vacilan, los hendibles robles gimen,
Y los olmos rodando el bosque oprimen.

XXXVIII.

A los suyos el héroe, apercibido
De iguales armas, guia en la faena
Con la voz y el ejemplo, y con gemido
Dice, el gran bosque al ver que en torno suena:
«Ya el presagio cruel está cumplido
En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda pena!
¡Así á mis ojos se mostrase ahora
El árbol que áureos frutos atesora!»

XXXIX.