Vamos ahora á comunicar á nuestros lectores nuevas pruebas de la aptitud de los literatos sudamericanos para aclimatar en el terreno de las lenguas vivas, desafiando las trabas de las combinaciones métricas más ajustadas, el espíritu, las ideas, los sentimientos de los poetas de la antigüedad clásica. Y, como vivimos los americanos en completo divorcio intelectual unos de otros, ignorando comúnmente aquello que cada sección del continente conquista y cosecha á favor de la civilización y de la honra de la patria comun, creemos hacernos gratos á los argentinos, revelándoles el secreto de dos bellas y serias traducciones de la obra virgiliana completa, que aparecen en este momento, debidas á la erudición y al estro de un neogranadino y de un mejicano: Arcades ambo ...

Llámase este último D. Fermín de la Puente y Apezechea, miembro de la Academia Española. Para estimar el mérito de la traducción de los libros I y IV de la Eneida, que hasta ahora son los únicos que ha dado á luz este señor, tenemos que referirnos al análisis que de ellos hace, en un artículo crítico, otro americano bien conceptuado en España como hombre de letras y de buen gusto, el Sr. D. José Antonio Calcaño, venezolano avecindado á la sazón en las cercanías de Liverpool.

El crítico ha sometido la obra del mejicano á una prueba dura, pero eficaz y decisiva. «Cuando se nos viene á las manos, dice el Sr. Calcaño, la traducción de un autor clásico, no podemos prescindir de ir á ver, antes que todo, cómo han sido vertidos aquellos pasajes que, si hemos hecho particular estudio del texto, tenemos en la memoria». Trayendo á la suya el mismo crítico los pasajes más célebres de los mencionados libros de la Eneida, ya por sentenciosos, ya por patéticos, ya por la belleza rítmica, ó por la propiedad de las onomatopeyas, parangona el original con la versión, resultando que en la mayor parte de los casos sale airoso el traductor y sin ofensa el poeta original. No es esto corto elogio para el Sr. Apezechea. En cuanto al mérito de la versificación, el crítico le es favorable hasta el entusiasmo, exclamando al cerrar la lectura de los cantos traducidos: «¡Qué octavas, qué octavas hay en ellos! ¡Cómo honra su autor á nuestra América!»

El Sr. Calcaño justifica su ponderativo elogio copiando algunos trozos de la traducción mejicana. Despechada la tiernísima y orgullosa Dido al verse abandonada por Eneas, dirígele el enérgico apóstrofe que anda en la memoria de todos:

Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus auctor, perfide ...

¡No! No es tu madre, pérfido, una diosa;
Ni tus padres de Dárdano manaron:
Del Cáucaso en la entraña cavernosa
Entre sus duros riscos te engendraron,
Las tigres de la Hircania pavorosa
A sus pechos, cruel, te amamantaron;
Ya, ¿por qué disimulo? ¿por qué tardo?
¿A qué mayores males ya me aguardo?

¿Por ventura gimió por mi gemido?
¿Tornó á verme la vista vacilante?
¿Le vi llorar con lágrimas vencido?
¿Sintió piedad de su infeliz amante?
¿Qué más he de decir? ¡Y han consentido
Juno así y Jove á la maldad triunfante!
¿Dónde hallaré piedad, dónde consuelo?
Ya no hay fe ni en la tierra ni en el cielo!

Desnudo te lanzó la mar, é inerte
Sobre mis playas te acogí rendida:
Partí loca contigo reino y suerte;
Tu flota reparé rota y perdida:
Yo liberté á los tuyos de la muerte;
Y ¡ay de mí! (¡que ardo en furias encendida!)
Hoy Apolo ... el oráculo te guía:
Un mensajero Júpiter te envía.

¡Por cierto! á eso los dioses atendiendo
Están ... ¿ese cuidado los agita?
Yo no sé lo que has dicho ... ni te entiendo,
Mas respuesta ninguna necesita.
¡Ve, marcha á Italia! Por el mar horrendo
Ese tu nuevo reino solicita.
Yo espero (si piedad hay en el cielo)
Que los escollos vengarán mi duelo.

A Dido entonces llamarás turbado;
Yo en negros fuegos seguiréte ausente;
Y cuando el alma deje el cuerpo helado,
Sombra doquier, te aterraré presente:
Tu pena entonces sufrirás, malvado,
Y hasta en el centro del Averno ardiente
Yo lo oiré, y á mis manos la noticia
La misma fama llevará propicia.