»La noche miéntras con su negro manto
Nos cobijaba. ¡Oh noche de tormentos!
¿Quién podrá darte el merecido llanto
Ó el número decir de tus lamentos?
¡La alta, antigua ciudad, de lauro tanto
Coronada, flaquea en sus cimientos!
Por calles, plazas, templos invadidos,
Cadáveres se ven yacer tendidos.
LXXII.
»Mas no toda la sangre que se vierte
Sangre es troyana. Amenazante aviva
Tal vez el ántes abatido; inerte
El vencedor en tanto se derriba.
Igual á entrambas partes la ímpia suerte
Terror, desolacion sembrando iba
Por acá y por allá: la muerte toma
Miles semblantes, y doquier se asoma.
LXXIII.
»Al paso Andrógeo nos salió el primero
Con gente mucha entre la sombra espesa,
Y creyéndonos suyos, delantero,
«Amigos,» dice, «¿qué indolencia es ésa?
»¡Apresurad! Cuando Ilïon entero
»Es ya ceniza y dividida presa
»Al ímpetu feliz de nuestras tropas,
»¿Vos apénas dejais las altas popas?»
LXXIV.
»Haber caido entre enemiga gente
Nuestra respuesta adviértele indecisa,
Y cortando el discurso de repente,
Arredra el pié con azorada prisa;
Bien cual trémulo salta el que serpiente
Inesperada entre malezas pisa,
Que se le vuelve enfurecida de ello
Y enhiesta ensancha el azulino cuello.
LXXV.
»Andrógeo así despavorido huia;
Y á su tropa nosotros con denuedo
Cargámos, que el lugar desconocia,
Y á más temblaba en vergonzoso miedo:
Cargámosla, y en ellos á porfía
Matar pudimos. Animoso y ledo
Al aura de fortuna lisonjera,
Corebo razonó de esta manera: