»Parecíame ya llegar seguro
Al deseado fin, cuando repente
Cual de veloces piés que el suelo duro
Batiesen, sordo estrépito se siente;
Y mi padre mirando de lo oscuro,
«Hijo,» dice, «huye, hijo; asoma gente:
Desvía; el temeroso centelleo
De las rodelas y corazas veo.»
CXLII.
»¡Ah! en tanto que mi pié medroso excusa
Por ignoradas vueltas el camino,
No sé qué ínvido Dios mi ya confusa
Razon de lleno á desquiciarme vino:
No supe más qué fué de mi Creusa;
Si la detuvo mi cruel destino,
Si erró la via, ó se sentó cansada;—
De entónces más, á mi clamor negada.
CXLIII.
»Ni la eché ménos hasta haber llegado
Todos los mios, con turbada huella,
Al templo antiguo y salvador collado:
Reunímonos; ¡faltaba sola ella!
Faltaba á su hijo, en lágrimas bañado;
Faltaba á mí, que en áspera querella,
¡Oh entre males tamaños mal supremo!
De hombres y Dioses con furor blasfemo.
CXLIV.
»Hijo, y padre, y penates encomiendo,
Puestos y ocultos en profundo valle,
A mis amigos: despechado emprendo
La ciudad recorrer hasta que halle
La infelice consorte; y no temiendo
Volver á abrirme entre enemigos calle,
Me ciño de la fúlgida armadura,
Y entrégome al dolor y á la ventura.
CXLV.
»Llego primero al murallon oscuro,
Puerta y umbral por do pasado habia;
Esfuérzome á mirar, y mal seguro
Sigo por rastros una y otra via.
Horror, silencio en el desierto muro
Sólo hallar pude. Á la morada mia
Acudo, por si allá mi compañera
Tal vez, tal vez la planta dirigiera.