Herida en breve de dolencia aciaga,
Pábulo da la Reina en cada hora
Al placer mismo de enconar la llaga,
Y de fuego secreto se devora:
Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga
El pensamiento, y de su voz sonora
El eco, y de su faz guarda el trasunto;
Y tregua el vivo afan no sufre un punto.
II.
Húmida el alba sonrió, y el dia
Con luz roja entre nieblas despuntaba,
Cuando á su amante hermana el paso guia
Dido, y con ella así coloquio traba:
«¿Qué sueño tentador, querida mia,
El sueño fué que de agitarme acaba?
Mas este huésped que tenemos, díme,
¿Cuál corazon habrá que no le estime?
III.
»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña?
¡Cuál se pinta en su frente su destino!
Yo, si mis ojos la ilusion no engaña,
Que desciende de Dioses adivino;
Pues torpe miedo que el semblante empaña,
Siempre delata al corazon mezquino;
Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,
¡Qué de combates concluidos canta!
IV.
»Eterno, irrevocable es mi desvío
De un nuevo enlace al criminal deseo;
Que mi esperanza en flor y el amor mio
Yacen con las cenizas de Siqueo.
Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío
Pudiese arder la antorcha de Himeneo,
Sólo de este héroe la gentil presencia
Capaz fuera á vencer mi resistencia.
V.
»Confesártelo quiero: desde el dia
Que el doméstico altar fué enrojecido
Por la venganza del hermano impía
Con la inocente sangre del marido,
Sólo aqueste extranjero á simpatía
Ha logrado moverme, y su latido
Volver al corazon, que ya se inflama;
El calor siento de la extinta llama.