La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion hiciéron á Cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este, dexándole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabó la comida, Cacambo y Candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les dixo: Bien vemos, señores, que son vms. extrangeros; y como no estamos acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para comodidad del comercio las paga el gobierno. Aquí han, comido vms. mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los recibirán como se merecen. Explicaba Cacambo á Candido todo quanto decia el huésped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla como tenia en decírselo su amigo Cacambo. ¿Pues qué pais es este, decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que este sea el pais donde todo está bien, añadia Candido, que alguno ha de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglós, muchas veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.
CAPITULO XVIII.
Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado viéron.
Cacambo dió parte de su curiosidad á su huésped, y este le dixo: Yo soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo tenemos á un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe. Dicho esto, llevó á Cacambo á casa del anciano. Candido representaba la segunda persona, y acompañaba á su criado. Entráron ámbos en una casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.
Recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego satisfizo su curiosidad en estos términos. Yo tengo ciento setenta y dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las asombrosas revoluciones del Perú, que habia el presenciado. El reyno donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometiéron el disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al fin destruyéron los Españoles.
Mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Españoles han tenido una confusa idea de este pais, que han llamado El Dorado; y un Inglés, nombrado el caballero Raleigh, llegó aquí cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos nosotros sin dexar uno vivo.
Fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno, de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes; finalmente Candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojóse un poco el anciano, y respondió: ¿Pues cómo lo dudais? ¿creeis que tan ingratos somos? Preguntó Cacambo con mucha humildad qué religion era la del Dorado. Otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿Acaso puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo: adoramos á Dios noche y dia. ¿Y no adorais mas que un solo Dios? repuso Cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de Candido. Como si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que pedian á Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: Amigo mio, aquí todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que acompañan cinco ó seis mil músicos.—¿Con que no teneis frayles que enseñen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen á los que no son de su parecer?—Menester seria que estuviéramos locos, respondió el anciano; aquí todos somos de un mismo parecer, y no entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como extático oyendo estas razones, y decia para sí: Muy distinto pais es este de la Vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto nuestro amigo Panglós el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.
Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus criados para que los llevaran á la Corte. Perdonad, les dixo, si me priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del pais, si alguno de ellos os desagrada.
Montáron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas. Al apearse Candido y Cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de Su Magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo. Quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó Cacambo á uno de los oficiales principales como habian de saludar á Su Magestad; si hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la sala; finalmente quales eran las ceremonias. La práctica, dixo el oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas. Abalanzáronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á cenar. Entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y matemáticas.
Habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. Candido se sentó á la mesa entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas señoras; y no se puede ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca del monarca se oían. Cacambo le explicaba á Candido los donayres del rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó á Candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.