¡Quantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en italiano, en castellano y en francés! Así es verdad, dixo el senador; de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página de Séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms. que no los abro nunca, ni yo ni nadie.

Reparó Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo, dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras con tanta libertad escritas. Sí, respondió Pococurante, bella cosa es escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son osados los moradores de la patria de los Césares y los Antoninos á concebir una idea sin la venia de un Domínico. Mucho me contentaria la libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella tiene.

Reparando Candido en un Milton, le preguntó si tenia por un hombre sublime á este autor. ¿A quién? dixo Pococurante: ¿á ese bárbaro que en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del Génesis? ¿á ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la creacion, y miéntras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo por su palabra, hace que coja el Mesías en un armario del cielo un inmenso compás para trazar su obra? ¡Yo, estimar á quien ha echado á perder el infierno y el diablo del Taso; á quien disfraza á Lucifer, unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente la cómica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa á los diablos tirando cañonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan á vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro, estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. Por lo demas, yo digo mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á Homero, y no le desagradaba Milton. ¡Ay! dixo en voz baxa á Martin, mucho me temo que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas tudescos. Poco inconveniente seria, replicó Martin. ¡O qué hombre tan superior, decía entre dientes Candido, qué ingenio tan divino este Pococurante! ninguna cosa le agrada.

Hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y Candido alabó mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto, dixo Pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.

Despidiéronse en fin ámbos curiosos de Su Excelencia, y al volverse á su casa dixo Candido á Martin: Confiese vm. que el señor Pococurante es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo quanto tiene.

¿Pues no considera vm., dixo Martin, que está aburrido de quanto tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿Pero no es un gusto, respondió Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replicó Martin, que decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi Cunegunda. Buena cosa es la esperanza, respondió Martin.

Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que no habian venido á darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.

CAPITULO XXVI.

Que da cuenta de como Candido y Martin cenáron con unos extranjeros, y quien eran estos.

Un dia, yendo Candido y Martin á sentarse á la mesa con los forasteros alojados en su misma posada, se acercó por detras al primero uno que tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrándole del brazo, le dixo: Dispóngase vm. á venirse con nosotros, y no se descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce á Cacambo; solo la vista de Cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento. Poco le faltó para volverse loco de alegría; y dando mil abrazos á su caro amigo, le dixo: ¿Con que sin duda está contigo Cunegunda? ¿donde está? llévame á verla, y á morir de gozo á sus plantas. Cunegunda no está aquí, dixo Cacambo, que está en Constantinopla.—¡Dios mio, en Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy allá volando: vamos. Despues de cenar nos irémos, respondió Cacambo: no puedo decir á vm. mas, que soy esclavo, y me está esperando mi amo, y así es menester que le vaya á servir á la mesa: no diga vm. una palabra; cene, y esté aparejado.