Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metiéndose por entre los escombros, cobráron algunas fuerzas, y trabajáron luego, á exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les diéron la ménos mala comida que en tamaño desastre se podia esperar: verdad es que fué muy triste el banquete; los convidados bañaban el pan en llantos, pero Panglós los consolaba sustentando que no podian suceder las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte; porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo está bien.

Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto á el estaba sentado, interrumpió muy cortesmente, y le dixo: Sín duda, caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo está perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

Perdóneme Vueselencia, le respondió con mas cortesía Panglós, porque la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas excelente de los mundos posibles. ¿Según eso este caballero no cree que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar Vueselencia, replicó Panglós, porque puede subsistir la libertad con la necesidad absoluta; porque era necesario que fuéramos libres; porque finalmente la voluntad determinada…. En medio de la frase estaba Panglós, quando hizo el familiar una seña á su secretario que le escanciaba vino de Porto ó de Oporto.

CAPITULO VI.

Del magnífico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto, y de los doscientos azotes que pegáron á Candido.

Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrió á los sabios del pais para precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe, habiendo decidido la universidad de Coïmbra que el espectáculo de unas quantas personas quemadas á fuego lento con toda solemnidad es infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con su comadre, y dos Portugueses que se habían comido un pollo un viernes, y la olla sin tocino un sábado; y despues de comer se lleváron atados al doctor Panglós y su discípulo Candido, al uno por lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de aprobar lo que decia. Pusiéronlos separados en unos aposentos muy frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de allí á ocho dias los vistiéron de un san-benito, y les engalanáron la cabeza con unas mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglós tenian rabo y garras, y las llamas ardian hácia arriba. Así vestidos saliéron en procesion, y oyéron un sermon muy tierno, al qual se siguió una bellísima música en fabordon. A Candido, miéntras duró el canto, le pegáron doscientos azotes á compas; al Vizcayno y á los dos que habian comido la olla sin tocino los quemáron, y Panglós fué ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo día, tembló la tierra con un furor espantable.

Candido atónito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante, decia entre sí: ¿Si este es el mejor de los mundos posibles, cómo serán los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el mismo agasajo. Pero tú, caro Panglós, el mayor de los filósofos, ¿porqué te he visto ahorcar, sin saber por qué? O mi amado anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ¿porqué te has ahogado en el puerto? Y tú, baronesita Cunegunda, perla de las niñas, ¿porqué te han sacado el redaño? Volvíase diciendo esto á su casa, sin poderse tener en pié, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando se le acercó una vieja que le dixo: Hijo mió, ten buen ánimo, y sígueme.

CAPITULO VII.

Que cuenta como una vieja remedió las cuitas de Candido, y como topó este con su dama.

No cobró ánimo Candido, pero siguió á la vieja á una ruin casucha, donde le dió su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexó de comer y de beber; luego le enseñó una camita muy aseada, y al lado de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y Nuestra Señora de Atocha, el señor San Antonio de Padua, y el señor Santiago de Compostela se queden contigo: mañana volveré. Confuso Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas todavía con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi mano la que has de besar, le dixo la vieja; mañana volveré. Untate con la pomada, come y duerme.